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Europa :: 02/04/2025

El payaso y el circo

Alain Bihr, Jean-Marie H. R. Pfefferkorn, Yannis Tanassekos
Los mismos que hoy, con Ucrania vencida, afirman que los rusos están a nuestras puertas, hasta ayer proclamaban que es necesario y justo ayudar a los ucranianos incluso enviando tropas

«Elige un payaso, espera un circo»

La guerra en Ucrania está en vías de terminar tal como comenzó: con un cara-a-cara entre los EEUU y Rusia. Con la diferencia de que del enfrentamiento entre ambos que condujo a la guerra, se pasó a una colaboración en busca de la paz. Lo que, dicho sea de paso, da razón retrospectivamente a los que - nosotros entre ellos - contra la lectura absolutamente dominante del conflicto, sostuvimos la tesis de que se trataba esencialmente de un conflicto entre Occidente global (conducido por los EEUU y bajo la bandera de la OTAN) y Rusia por intermedio de Ucrania, y no de un conflicto entre estos últimos provocado por la supuesta voluntad de Rusia de perpetuar o reconstruir su zona de influencia en Europa Oriental y Central, e incluso más allá.

Acá intentamos hacer un balance de los tres años de guerra y del giro que acaba de producirse, de las ganancias y pérdidas registradas por los diversos protagonistas, y discernir en consecuencia las posibilidades que se abren.

Ubú en la Casa Blanca[1]

La guerra en Ucrania nació de la voluntad de la OTAN de expandirse a Europa Central y Oriental, a contramano de los compromisos verbales asumidos tras la caída del muro de Berlín. La escalada que continuó a pesar de las protestas rusas cada vez más firmes durante las dos primeras oleadas en 1999 y 2004, alcanzó un punto crítico en 2008 cuando se trató de integrar a Ucrania y Georgia en la Alianza Atlántica, lo que habría puesto a esta en contacto directo con Rusia, ofreciendo la inmensa brecha para una invasión que constituye la llanura ucraniana más allá del Dniéper y amenazando la estratégica base naval de Sebastopol. Una línea roja para Moscú que, desde entonces, declaró haría la guerra si se cruzaba.

Los Occidentales no lo tuvieron en cuenta. En 2014, cuando el Euromaidán, ayudaron a instalar en Kiev un poder pro-occidental y antirruso, que agravó la tensión con las poblaciones rusófonas y rusófilas de los óblasts del Este y de Odessa y condujo a la guerra civil. Y al mismo tiempo descartaron con desprecio las propuestas que hiciera Rusia en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE), en el sentido de buscar un acuerdo que llevara a la desmilitarización («finlandización») de Ucrania. Todo esto después de que en 2001 EEUU se retirara del tratado ABM (Anti-Balistic Missile) establecido en 1972 y en 2018 del tratado INF (Intermediate-Range Nuclear Forces) acordado en 1988. El camino hacia la guerra estuvo abierto desde entonces.

Esta sería llevada adelante durante tres años por los Occidentales - por intermedio de Ucrania - contra Rusia, con el objetivo de imponerle por la fuerza lo que esta había declarado en múltiples ocasiones que jamás aceptaría. Los titubeos iniciales de la Operación Militar Rusa, la movilización de la población y el elán nacionalista de la sociedad ucraniana dieron la ilusión de que la partida podría ganarse y que con el apoyo masivo de los Occidentales Ucrania podría expulsar al agresor más allá de sus fronteras. Ilusión rápidamente disipada desde que la contraofensiva ucraniana lanzada a tambor batiente en junio-agosto de 2023 con masivo apoyo militar y logístico de los Occidentales fracasó lamentablemente.

Desde entonces la situación no dejó de deteriorarse para Ucrania tanto a nivel de las operaciones militares como en lo que hace a la cohesión de la misma sociedad ucraniana, a pesar de las decenas de millardos de dólares en ayudas de todo tipo (armas, municiones, instrucción de tropas, asistencia técnica, inteligencia, préstamos, estímulos, etc.) que los Occidentales proporcionaron, sin contar las sanciones comerciales y financieras impuestas al agresor ruso. Para cualquier observador lúcido de la evolución de la situación durante los últimos meses está claro que la misma solo puede conducir más que menos rápidamente a la derrota militar de Ucrania.

Para evitar llegar a eso la nueva administración Trump decidió poner fin a la guerra concluyendo si no la paz al menos un acuerdo con el enemigo ruso, transformado de golpe en un adversario con el que es posible un trato. La razón de fondo del viraje estadounidense reside en que la prioridad de las prioridades para la administración Trump (más aún que para las precedentes) es hacer frente al desafío que a sus ojos constituye el creciente poderío de China, que amenaza su preponderancia y predominio mundial. En este marco, la cuestión ucraniana se torna secundaria, incluso insignificante, y conviene liquidarla rápidamente y al menor costo posible.

Los EEUU reeditan en esta ocasión lo que no han dejado de hacer durante las últimas décadas cada vez que han sido jaqueados, como en Vietnam en 1973, en Irak en 2011, en Haití en 1995 y en Afganistán en 2021: retirarse dejando a sus aliados locales y a sus enemigos de ayer la tarea de gestionar el caos creado por su intervención; en suma, lavándose las manos.

La única diferencia es el estilo en que se repite ahora el escenario. Habiendo sido (re)elegido Ubú el pasado noviembre, la 'vergüenza' silenciosa de Obama o la contrición acompañada de lágrimas de cocodrilo de Biden dieron paso a la negación ruidosa de las aplastantes responsabilidades estadounidenses en el asunto, con los EEUU adoptando la apariencia de paloma para hacer olvidar su rol de halcón. El flagrante fracaso militar ucraniano se atribuye a Kiev, por no haber querido movilizar a la juventud del país para enviarla a ser masacrada en el campo de batalla, y a los aliados europeos por no poner el dinero necesario tanto para apoyar el esfuerzo de guerra ucraniano como para asumir su propia defensa. Sin contar con que además, tropismo y credo extractivistas obligan, Trump pretende recuperar lo invertido con el subsuelo ucraniano, rico en tierras raras.

Pánico en Londres, París, Berlín, Varsovia...

... y en las demás capitales europeas. Porque, sin haber entendido nada de lo ocurrido, inventan un imaginario futuro en el que creen tener que enfrentar ahora solas y sin ayuda del tío Sam al gran lobo feroz ruso. Y como consideran no disponer de los medios necesarios en el plano militar, el único que consideran o al menos privilegian, lanzan programas demenciales de rearme, en una danza de cientos de miles de millones de Euros que hasta ayer decían no tener, cuando se trataba de aumentar salarios, mejorar servicios públicos y equipamientos colectivos, responder a las necesidades sociales más elementales, etc. Lo que hace prever un nuevo tratamiento con mayor austeridad para sus pueblos, sin otra perspectiva que apretarse un poco más el cinturón durante años hasta terminar «muriendo por la libertad» y haciendo reinar desde ahora una atmósfera de vigilia de armas.

Sin embargo, el carácter imaginario de este escenario futuro queda en evidencia por su misma incoherencia. Porque los mismos que hoy, con Ucrania vencida, afirman que los rusos están a nuestras puertas y no tenemos medios para impedir que la tiren abajo, hasta ayer (y a veces al mismo tiempo), proclamaban que es necesario y justo ayudar a los ucranianos incluso enviando tropas porque es posible vencer al enemigo en las orillas del Dniéper o en el Donbás. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Rusia insaciable ogro sanguinario o coloso con pies de barro?

Este escenario es más imaginario aún porque no tiene en cuenta la real relación de fuerzas existente en el terreno. Al cabo de tres años de guerra, las tropas rusas trabajosa y metódicamente solo optaron por conquistar una quinta parte del territorio ucraniano. Pregunta digna de un problema de CM2: a ese ritmo ¿cuánto tiempo demorarían los cosacos en hacer beber a sus caballos en los suburbios de Brest y Lisboa?

Es imaginario en definitiva porque al igual que antes de 2022 los europeos no escuchan o no dan la menor importancia a lo que dicen los rusos. Estos han repetido una y otra vez que no aceptarán que las fuerzas de la OTAN se instalen a sus puertas en Ucrania y que, si insisten en llegar hasta allí, habría guerra. Y es lo que han hecho. ¿Cuándo, por el contrario, se les ha escuchado declarar que tenían otras reivindicaciones, aunque solo fuera sobre sus vecinos inmediatos, y menos aún sobre Europa Occidental? ¿Duplicidad de su parte? Pero de ser así ¿por qué acusarlos simultáneamente de cinismo?

Sin embargo, el peligro es que por imaginario que sea semejante escenario puede dar lugar a una profecía autocumplida. Porque relanzar la carrera armamentista en Europa crea, precisamente, una situación propicia para la guerra. Pues al revés de lo que dice el viejo adagio romano, cuando se prepara la guerra, se obtiene... ¡la guerra! ¿No es esto lo que una vez más demostró la secuencia abierta en los años 1990, con la expansión en Europa Central y Oriental de una alianza militar supuestamente encargada de asegurar la paz?

Entrampada por posiciones «campistas» frente a los conflictos inter imperialistas o internacionales, este escenario es el que asumen la mayoría de las organizaciones de centroizquierda e izquierda, que llegan a denunciar cualquier distanciamiento crítico del mismo como prorruso o filo-Putin. Habiéndose ya enrolado en la cruzada antirrusa bajo la bandera estrellada, desertando de la misión de movilizar a las clases populares contra la guerra, se preparan para reincidir cayendo una vez más en el terreno de la Unión Sagrada. Y de paso permiten que la extrema derecha monopolice el discurso antiguerra ofreciéndole una oportunidad adicional para aparecer en resonancia con las preocupaciones populares y aumentar su audiencia, con el efecto igualmente desastroso de permitir que el bloque político-mediático reinante identifique con la extrema derecha cualquier crítica a sus posiciones.

Peor aún, se niegan a denunciar y luchar con las clases populares no solo contra las múltiples formas de agravamiento de la explotación (a nivel salarial y fiscal, a través del aumento del desempleo y la degradación de los servicios públicos, etc.) que estarían legitimadas por esas "indiscutibles" amenazas y necesidades imaginarias.

Tampoco se permiten combatir el keynesianismo militar, vale decir, ese modo de relanzar la economía y aumentar aún más las ganancias sin necesidad de que aumente la demanda de bienes de consumo, en exclusivo beneficio de la demanda de bienes de destrucción, financiado con impuestos y endeudamiento. Y demás está decir que este relanzamiento beneficiará en primer lugar al mayor exportador de materiales y tecnologías militares que es EEUU, aunque algunos países europeos esperan también beneficiarse aumentando sus producciones y exportaciones (en este orden: Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, España).

Blues en Kiev

Pero los más afectados son obviamente los ucranianos, los únicos que debieron entrar en la jaula de los leones. Son los que han pagado el precio más alto, en término de desplazamientos y exilio masivo de población, muerte de militares y civiles y destrucción, debido al juego cínico de los occidentales que precipitó ese conflicto que se desarrolló en su territorio y en el que ocuparon los puestos de avanzada, esperando forzar la mano de los rusos y debilitarlos duraderamente.

Sin duda creyeron y creen aún que era la única forma de defender su soberanía e integridad territorial, a pesar de que era posible otra vía, la de un compromiso con Rusia que hubiera permitido salvar lo esencial a esos dos niveles. La vía que los occidentales les prohibieron seguir antes e inmediatamente después del inicio de la ofensiva rusa el 24 de febrero de 2022: cuando un acuerdo ruso-ucraniano estaba a la vista a finales de marzo decidieron que los ucranianos debían rechazarlo.

Y son también los que deben prepararse para pagar el precio más alto cuando llegue el momento, que no debe tardar, de una paz impuesta. Porque ahora se firmará en las condiciones que los rusos, vencedores sobre el terreno, acepten o impongan. Tras lo cual los ucranianos deberán también reembolsar la enorme deuda de guerra que han acumulado y reconstruir el país en gran parte devastado por la guerra, con una población mucho menor (pasó de 45 millones en 2013 a 33 millones en 2023)[2]. Todo esto rumiando la amargura de la derrota y la traición, sobre cuyas razones podrán meditar durante mucho tiempo, recordando la famosa advertencia: «Dios mío, líbrame de los amigos, que de mis enemigos me encargo yo».

Cabeza fría en Moscú

La sobriedad de las últimas declaraciones del poder moscovita contrasta con los delirios megalomaníacos de Washington, la ansiedad febril de las capitales europeas y la persistente obstinación de Zelensky en su error inicial. A pesar de que Rusia bien podría pavonearse. Lejos de colapsar bajo el efecto de las sanciones comerciales y financieras implementadas por los occidentales tal como estos anunciaron urbi et orbi, habiendo sabido recuperarse después del titubeante comienzo militar, y demostrado la solidez de sus alianzas, especialmente con China e Irán, aparece como el gran vencedor del conflicto, y está en camino de alcanzar los objetivos que se había fijado.

Sin duda, sabe que no basta con ganar la guerra, también hay que ganar la paz. Y para eso deberá pagar el precio de la victoria. Precio que incluye el hecho de que, aunque la odiada OTAN no pueda establecerse en Ucrania, ahora está presente a lo largo de los 1.340 kilómetros de la frontera que comparte con Finlandia. A lo que se suman los programas de rearme masivo en que planean embarcarse los aliados europeos de la OTAN (o lo que quede de ella). Sin contar, finalmente, con el odio duradero que ha generado en la mayor parte de la población ucraniana y los que abrazaron su causa.

Si en los planes de los rusos está evitar que se instale en Europa una nueva guerra fría, no tienen otra solución que proponer, como no dejaron de hacerlo antes de la guerra en Ucrania, la convocatoria de una conferencia de paz en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE). Además de que esto pondría fin a las especulaciones sobre sus ambiciones expansionistas, ambiciones sobre las que, dicho sea de paso, es difícil encontrar rastros en la historia reciente de las relaciones internacionales (¿cuándo y dónde ha llevado a cabo Rusia operaciones similares a la doble invasión de Irak y Afganistán o la destrucción de Libia?), podrían argüir ante sus adversarios occidentales que, aunque no se elija al enemigo, siempre será con él con quien se acabe firmando la paz.

¿Y nosotros?

Frente a las políticas de rearme a cualquier costo, frente al clima de guerra y de vigilia de armas que cultivan los gobiernos belicistas europeos con el apoyo de la gran mayoría de los medios reunidos, la izquierda y en especial la izquierda radical debe desandar sus errores de ayer y anteayer. Deberá llamar a masivas movilizaciones en toda Europa para frenar en seco una política que ya hace decir a algunos que hay que elegir entre «pensiones o municiones»[3] y da vía libre a una posible caída en el abismo.

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[1] Ubú rey es una obra teatral en la que el personaje Ubú es una representación de lo grotesco e innoble del poder político y el gobierno. (Nota del traductor).

[2] https://fr.statista.com/statiquistes/688554/population-total-ukraine/

[3] Dominique Seux, «Pensions ou munitions?», Les Echos, 5 de marzo de 2025.

HuelladelSur.ar. Traducido del francés por Aldo Casas.

 

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